Todos los textos publicados en este blog son propiedad de Zulema Aimar Caballero. Prohibida su distribución y/o publicación sin la autorización correspondiente.
Fue amor a primera vista, amor sin buscarlo, amor verdadero.
Apenas lo vi, supe que se iría conmigo el hombre del madero.
Estaba tan solo, sin visitas, sin familia, sin un amigo.
Recostado sobre un montículo frío, sus ojos suplicaban
abrigo.
Al cruzarse nuestras miradas, sentí piedad por ese hombre
desvalido.
Batiéndose entre otra vida y otra muerte, temiendo ser
agredido.
Pese a su dolorosa apariencia, era el humano perfecto.
Y era, para mi vida imperfecta, el insuperable complemento.
Con gesto dulce y un hilo de su aliento, mi nombre
pronunció.
En medio de la gente distraída, solo yo advertí su voz.
Fijé, entonces, mi vista en su rostro y recorrí con profunda
compasión
cada milímetro de su cuerpo tieso, pero vivo, y escuché su
corazón.
Pálida la tez, lívido su torso delgado, a exhibir cicatrices
condenado.
Sin la mínima vergüenza, tomé su mano y caí de rodillas a su
lado.
El peso del mal humano cargaba sobre sus hombros y encorvaba
su espalda.
Sin embargo, no había quejas, ni reproches, ni rencores…
nada.
Vino a mi mente la imagen de ese hombre deambulando sin parar
hasta ser arrojado y olvidado entre la peste de algún
muladar.
Me sentí tan pequeña y a la vez tan decidida a amar.
Pregunté su precio. “Es basura”, me dijeron. Respondí: “lo
llevo igual”.
Con lágrimas en los ojos, abracé ese cuerpo mancillado,
besé su alma herida, los pies rígidos y su costado.
Desde ese día nos entendimos, vive en mi casa, duerme conmigo.
Para él, las primeras palabras del día y lo último que en la
noche digo.
Cumpliremos veinte años juntos y hoy se ve diferente:
aunque en el madero sigue inmóvil, en mí lo siento moverse.
Todo empezó una fría tarde de aquel boreal febrero,
Cuando me entregué totalmente a mi Señor del Madero.
Señor del Madero:
Dejame secar tus lágrimas y que no sea yo quien te haga
llorar.
Dame de tu corona la espina más aguda; que se clave en mi
alma ante la injusticia de un niño hambriento, del sediento, del desnudo de
ropa y de amor.
Dame la virtud de la caridad. Que imite tus brazos en la Cruz,
dispuesta a extender mi mano a quien lo necesite.
Te quitaré los clavos de los pies cada vez que camine junto
a mi hermano más pobre, y cuando cuide a un enfermo estaré limpiando las llagas
de tu santo cuerpo.
Que pueda siempre ser un instrumento de tu amor. Que vea a
mis semejantes con sincera humildad. Que lleve a otros el mensaje de tu Reino y
que, por la Luz que recibí en mi Bautismo, pueda iluminar a los demás.
Dale, Señor del Madero, a esta pequeña sierva tuya, un
corazón grande y bueno, capaz de amar aun a quien no la ame.
Que recuerde siempre que solamente tuyos son el poder y la
gloria, que no pretenda más que lo que merezco, y que busque en esta tierra
solo aquello que me acerque más a Vos.
Dame, Señor, la protección de tu Madre. Que Ella interceda
por mí y por todos sus hijos para encontrar un día tu abrazo en el Cielo.
Dame, Señor, tu corazón… yo te doy el mío ¡porque en Vos
confío!
("Los Reyes Magos", de Ariel Ramírez y Félix Luna, por Mercedes Sosa)
Antes de que Papá Noel se
apoderara de las chimeneas e invadiera las salas de todos los hogares del mundo
(de aquellos hogares en los que la disponibilidad económica permite a los
padres dejarlo entrar), por tradición y creencias religiosas en muchos lugares
del mundo quien llegaba para dejar sus regalos a los niños era el mismo Niño
Dios. Él renacía cada 25 de diciembre en el corazón de todos y, además de su
amor infinito, dejaba otros obsequios al pie del pesebre o del árbol navideño.
Pero la alegría de los niños por
abrir sus regalos no termina el día de Navidad, porque el 5 de enero por la
noche, montados en sus camellos y saltando por las estrellas, comienzan su
viaje los tres Reyes Magos –Melchor, Gaspar y Baltasar– para dejar sus presentes
en los zapatos de los chicos “que se portaron bien durante el año”.
Claro que hay regalos y regalos.
Hay de los pequeños y de los más grandes. Y esta historia que voy a relatar es
lo que vivió Ciro, un hombre que conocí hace tiempo y que me contó cómo llegó a
su fin, cuando tenía seis años, su ilusión de los Reyes Magos.
Ciro había pedido al Niño Dios
una bicicleta. Pero el día de Navidad, cuando corrió hasta el arbolito,
convencido de que Jesús, en su infinita bondad lo había escuchado, encontró un
yoyó y un auto de carrera.
Igualmente los regalos le
gustaron y disfrutó jugando con ellos, pero al acercarse el 6 de enero decidió
reiterar el pedido a los Reyes de Oriente, a quienes escribió una carta que
decía más o menos así:
“Queridos
Reyes Magos:
Mamá y papá dicen que muy mal no me porté este año. Yo sé que los hice
enojar varias veces, pero ellos dicen que soy un niño bueno. Ya le pedí al Niño
Dios que me trajera una bicicleta, pero parece que no pudo. Como Él nació en un
pesebre, tal vez no me la trajo porque es pobre. Pero ustedes nacieron en un
palacio y seguro que son millonarios, así que les pido que me la traigan. Yo sé
que ustedes pueden, porque el año pasado se la llevaron a mi amigo Pedro. Los
quiero mucho. Ciro”.
Ciro dejó su carta en una rama del
arbolito. Cada día al levantarse y cada noche antes de acostarse controlaba que
las líneas escritas con entusiastas errores de ortografía y letras gigantescas
estuvieran allí, esperando ser leídas por los Reyes Magos.
Y al llegar aquel 5 de enero, la
familia se reunió para cenar. La mamá de Ciro cocinó pato a la naranja, sus
abuelos llevaron turrones y helados y su tío Alberto se encargó de la bebida.
Compartieron la comida deliciosa y, a medianoche, brindaron recordando cómo
aquellos tres reyes buenos, guiados por una estrella, llegaron hasta el pesebre
para adorar al Hijo de Dios.
Luego salieron al jardín y
juntaron pasto para que los camellos encontraran alimento al entrar a la casa.
Ese es uno de los momentos más hermosos de la noche de Reyes. En los jardines y
a la luz de linternas, se ven sombras en movimiento y se oyen voces de niños y
adultos que se mezclan con el verde aroma de la ilusión.
En mi caso, ese fue siempre el instante
de observar junto a mis hijas el firmamento, tratando de adivinar qué estrellas
estarían pisando los camellos para llegar a la Tierra. Un momento –tal vez uno
de los pocos en el año– en que nos deteníamos a recapacitar viendo nuestra
pequeñez frente al resto de la Creación.
Pero este relato no se trata de
mi historia sino de la de Ciro. Junto al árbol de Navidad, colocó un balde con
el pasto recogido, y su mamá acercó otro con agua para los sedientos camellos.
Respetando la tradición de “poner los zapatos”, Ciro acomodó los suyos para que
los Reyes supieran dónde depositar el regalo.
Contento, nervioso y ansioso, el
niño se acostó en su cama. Sus padres rezaron con él y le dieron un hermoso
beso de buenas noches.
“¿Vendrán los Reyes?”, preguntó Ciro.
“Yo creo que sí”, respondió su
mamá. “Debes cerrar tus ojitos y dormir profundamente para que ellos entren a
la casa”.
“¿Y cómo entran?”, quiso saber
el niño.
“Ah, no sé. Nunca los vimos…
pero son magos. Ellos saben cómo hacerlo”.
La noche estaba muy calurosa.
Una noche de verano, final de un día de clima sofocante en la provincia de
Buenos Aires. Ciro quedó tendido en la cama con su liviano pijama de algodón,
cubriéndose solamente con una ligera sábana.
“Hasta mañana”, dijeron sus
padres –Haydée y Víctor.
“Hasta mañana”, respondió Ciro,
y cerró sus ojos a fin de encontrar el sueño profundo.
Como nada, ya eran las dos de la
mañana del 6 de enero. El cuarto de Ciro estaba en el segundo piso de una casa
de construcción moderna, y tenía un amplio ventanal por el que se salía al
balcón que daba al frente.
Luego de despedir a los abuelos
y al tío Alberto, los padres del niño se acostaron y, en silencio, esperaron
que Ciro se durmiera para cumplir con el rol de Reyes Magos.
“Yo vigilo cerca de la ventana
por si se despierta, mientras tanto vos subí a la terracita para bajar la
bicicleta”, dijo Haydée.
Cada uno asumió en ese instante
su responsabilidad: Melchor, Gaspar… faltaba Baltasar quien, a juzgar por lo
que sucedió esa noche, debió estar allí para colaborar. Claro, reyes hay tres,
pero padres sólo dos.
Sobre el techo de la habitación
de Ciro había una pequeña terraza, cuya construcción no había sido terminada,
razón por la cual no existía escalera alguna para acceder a ella. Pero Víctor,
en su afán de mantener viva la ilusión del día de Reyes, trepó por la reja del
ventanal para buscar la bicicleta que había ocultado por la tarde, sabiendo que
allí Ciro no podría encontrarla.
“Tengo todo fríamente
calculado”, le había dicho a Haydée. “Cuando yo suelte la cuerda, lo único que
tenés que hacer es guiar la bici para que no choque contra la pared o el vidrio
de la ventana”.
Así las cosas, Haydée se quedó
en el balcón, en silencio y haciendo de campana. Pero tanto cuchicheo
preliminar, sacó a Ciro de su profundo sueño y, en medio de la somnolencia,
pensó: “¡Los Reyes! ¡Están los Reyes!” Y en una mezcla de ansiedad, miedo a lo
desconocido y temor porque si lo veían despierto siguieran de largo, tironeó de
la sábana y se tapó hasta la cabeza, quedando totalmente calladito, inmóvil y
con los ojos fuertemente cerrados.
Mientras tanto, fuera de la
habitación, sus padres continuaban llevando a cabo su plan estratégico. Víctor
llegó a la terraza, tomó el rodado, ató una soga al caño del asiento y empezó a
bajarlo lentamente, con tanta mala suerte que el nudo se desató y la bicicleta
se estrelló con un golpe seco contra el piso del balcón.
Haydée quedó atónita observando,
negándose a creer lo que veían sus ojos, mientras, además, Víctor gritaba:
“¡Nooooooooo!”
En ese segundo, Ciro, con su
cabeza totalmente cubierta por la sábana y fuertemente aferrado a ella, pensó:
“Los Reyes me trajeron la bici” y, simultáneamente con ese pensamiento tan
optimista, otro grito de Víctor –esta vez “Aaaaaayyyyyyyyyyyyy”– se
escuchó en todo el vecindario, mientras se desplomaba desde la terraza hasta
caer sobre el preciado regalo.
Haydée corrió a ayudarlo,
olvidándose por completo de su tarea de campana y de las tradiciones navideñas
que los habían llevado hasta ahí. Aunque Víctor trataba de callar, el dolor en
sus huesos era insoportable, y tras el grito de la caída siguió una serie
interminable e irrepetible de insultos dirigidos a Melchor, Gaspar, Baltasar,
sus respectivas madres, los tres camellos, sus ridículas jorobas y la estrella
que los había guiado hasta el pesebre hacía casi dos mil años.
Por entonces, Ciro aún no
entendía lo que estaba ocurriendo, pero al oír claramente las voces de sus
padres, asomó la cabeza sobre la sábana y presenció un espectáculo desolador:
Víctor intentaba caminar arrastrando una pierna, colgado del hombro de Haydée y
pidiéndole que lo llevara a la guardia nocturna de la clínica.
Sin decir palabra, Haydée tomó
al niño y salieron en busca de un médico.
Regresaron cerca de las siete de
la mañana. Haydée con un terrible agotamiento físico, Víctor con una pierna y
el antebrazo derecho enyesados, Ciro con una bicicleta nueva pero totalmente
torcida y con el traumático descubrimiento de que los Reyes Magos no usaban
corona, no hacían magia, no llegaban en camello y además eran considerablemente
torpes.
“Aún las aguas del más pacífico de los océanos murmuran, cantan o hasta gritan enfurecidas. Pero existe un momento, un segundo en miles de segundos, en que se puede escuchar el silencio del mar".
Está muda ante la sinfonía de las olas que se arman a la distancia y se desintegran en la orilla, contra grises rocas, colmando de agua cálida unas gargantas abiertas hacia el infinito, a las que él llama “pocitos”.
Se sientan sobre las piedras. Él sumerge los pies en las aguas cristalinas y se atreve a rozar los de ella, como en un juego de niños.
Él habla. Ella escucha con atención, saboreando las palabras que se abren paso acariciando la arena tibia, al tiempo que se esfuerza por descubrir los pensamientos que él no da a luz.
Él habla. Ella sueña embelesada por la grandeza y el misterio oculto en la eternidad del mar. Se siente tan pequeña y tan feliz; tan frágil y nostálgica. La emoción brota de sus ojos por una senda de cristales salinos que descienden hasta escurrirse entre sus labios. ¿Y qué son esas lágrimas sino el humilde reflejo del milagro del océano?
Él calla y ella toma su mano, aferrándose a ese momento de paz, anhelando que nunca acabe.
Entre el azul celeste y el azul marino, la entremetida línea del horizonte parece colocada a propósito para impedir que cielo y mar se abracen. Ella imagina que es mar, y a él lo imagina cielo. Y, entre ambos, una curva invisible les pone límite, separándolos, evitando la unión del agua y el infinito.
Ella desea ser su mar y él, sin duda, es su cielo. Intenta comprender sus sueños. Quiere ahondar en la profundidad de su mente, tanto como en las recónditas esquinas de su corazón. Hasta que descubre en su rostro una mirada diferente. Sus ojos brillan con un resplandor extraño y ya no son oscuros, pues han absorbido la mágica claridad del paraíso que los rodea.
Olas, arena, cielo, son testigos de los insondables sentimientos que ella atesora en su corazón exaltado. Espera ansiosa que el mar se silencie un segundo para decirle cuánto lo quiere. Pero el gigante misterioso sigue bramando y se traga sus palabras, temerosa de quebrar con su voz el encanto de ese instante de dicha. Elige callar, guardando en su memoria cada una de las sensaciones que embriagan su cuerpo, y permanecer muda ante la sinfonía de las olas que se arman y desintegran en el fondo de su alma.
Ella tuvo un mal día. A decir verdad, tuvo malas semanas, pésimos meses y, cuando por fin creyó que su vida empezaba a acomodarse, él llegó como en muchas otras oportunidades. Ella se preparó para lo peor, porque reconocía el ruido de la llave en la cerradura. Cuando llegaba alterado, demoraba en embocar la llave y sacudía el picaporte hacia arriba y abajo violentamente. Ella comenzó a temblar, pero no se movió de la silla que la mantenía frente a su diario íntimo. Él abrió la puerta, entró, la cerró de un portazo con su pie y la aseguró con el cerrojo. Observó por la mirilla a fin de cerciorarse de que en el palier no había nadie. Ella lo vio acercarse y lo miró con ojos suplicantes, pero él apoyó sobre la mesa el maletín negro, la llave del automóvil y la botella de güisqui que acababa de comprar y aun conservaba el envoltorio de la licorería. Se paró frente a ella y levantó enérgicamente su brazo. Sin decir palabra despachó su ira contra la persona a quien decía amar. Luego se perdió por el pasillo que llevaba a su dormitorio. Ella pudo llegar hasta el sillón de la sala y allí permaneció hasta que por fin el sueño la venció. Despertó cerca de las diez de la mañana. Soportando el dolor de sus huesos caminó lentamente hasta la habitación, aquella que tiempo atrás había cobijado horas de continuo amor. Sobre la mesa de noche estaba la botella de güisqui vacía. La cama era un revoltijo de sábanas. Él no estaba. Tampoco su llavero de la casa, ni las llaves del auto, ni su maletín. Abrió el closet y no vio el bolso de viaje. Él había empacado algo de ropa. Ella respiró por un segundo con cierto alivio. Fue hasta el cuarto de baño, vio en el espejo el reflejo de su rostro castigado y, como tantas otras veces, demoró en reconocerse a sí misma. Limpió la sangre de una herida y refrescó con agua su cara morada. Del botiquín tomó un frasco con píldoras. Luego entró a la cocina y se sirvió un vaso de agua. Caminó hasta el sillón de la sala y se sentó con la convicción de tragar las veinte píldoras del frasco. Alguien golpeó la puerta y de muy mala gana se levantó para atender. Una voz dijo: “Soy tu vecino de arriba. No abras ahora si no quieres. Puedo imaginar en qué estado te encuentras. Es una hermosa mañana de domingo y te llevaré a pasear. Pasaré por ti en una hora. Mi auto tiene vidrios oscuros, nadie te verá, excepto yo. Puedes confiar en mí”. Sin decir palabra, ella acercó su ojo a la mirilla. Por unos segundos, él se quedó esperando una respuesta. Luego insistió: “Vendré por ti”, y se fue. Ella miró el frasco de píldoras. Ya no estaba decidida a ingerirlas. Pensó si estaría soñando o si aquella persona que parecía saberlo todo sería su ángel de la guarda. Fue hasta el botiquín y dejó ahí el frasco. Buscó en el viejo ropero una blusa y un pantalón vaquero y se vistió. Cepilló su cabello y en vano intentó disimular con una pomada las marcas moradas de su rostro. Volvió a sentarse en aquel sillón que parecía acostumbrado a sostener ese cuerpo fofo y casi moribundo. Recostó su cabeza y se quedó inmóvil viendo una araña que tejía su tela en el techo. Pensó: “No la molestaré. Que viva su vida”. Levantó sus brazos y observó sus manos envejecidas a la fuerza, ásperas y con telarañas de la edad que se le había caído encima. Una lágrima se deslizó desde su ojo y rodó hasta perderse en su cuello. Con una mano secó el húmedo surco que aquella gotita había marcado. Cerró los ojos y esperó. Unos minutos después llamaron a la puerta. Era su vecino de arriba. Apenas abrió, él extendió su mano y le entregó una rosa pálida. Ella la aceptó agachando la cabeza, tratando de esconder en ese gesto su timidez, la vergüenza por la situación que atravesaba y la fealdad de su rostro maltratado. “No debes temer”, dijo él. “Soy solamente un vecino. Necesitas un amigo, tanto como yo necesito una buena amiga. Te llevaré a ver el mar”. Ella asintió sin levantar la mirada. Subieron al automóvil y en no más de quince minutos él detuvo el auto en un rincón solitario de la costa, desde donde el inmenso océano llenaba la vista y el alma de cualquiera que se parara frente a él. “Mira”, le dijo. Y fue la primera vez que ella levantó la mirada, contemplando el infinito. Era tan maravilloso el espectáculo que se presentaba ante sus ojos que, olvidando su apariencia, se quitó las gafas oscuras para apreciarlo en su aspecto real. Luego se volvió hacia él y preguntó: “¿Qué sabes de mí?” Él respondió: “Todo lo que las paredes cuentan y lo que dicen tus ojos cuando nos cruzamos en el ascensor del edificio. Tienes que entender que no eres tú quien debe sentir vergüenza. Por tu bien, saca fuerzas de donde sea para poner fin a lo que estás padeciendo”. Ella lloró y quiso ponerse de nuevo los anteojos, pero él le tomó la mano, diciendo: “Vuelve a mirar. Así, como el mar, es nuestra vida. Tenemos los mejores momentos, en los que nos sentimos realmente dueños de la vida, la gozamos, la vivimos plenamente, le sonreímos porque nos sonríe. Y cuando estamos allí arriba, seguros de todo, caemos precipitadamente, nos golpeamos, quedamos desarmados, destruidos. Somos agua que forma olas, igual que el mar. En el mejor momento, la cresta más alta cae con tanta fuerza que al bajar se golpea con las piedras, una y otra vez, dejando sólo partículas de lo que fue. Pero luego, el mismo empuje que da el dolor, saca las partículas a flote hasta formar nuevamente una ola. ¿Comprendes?” Ella asintió con la cabeza y él agregó: “Si te golpeas contra las piedras aun puedes vencer el dolor y salir adelante. No te escurras en la arena, sal a flote como las olas”. Permanecieron en silencio un buen rato. Él la invitó a caminar por la costanera en aquel paraíso solitario y ella aceptó. Él logró que ella hablara. Ella logró comenzar a curar su corazón herido y descubrir en este vecino el valor de la amistad.
Otra vez afuera. Uno de los flagelos de la sociedad. Primero porque es menor, así que entra por una puerta y sale por la otra; después porque las pruebas no son suficientes, entonces sale por falta de mérito; más tarde se fuga por causa de la ineptitud de quienes lo custodian. La última vez que el Ñato cayó preso fue gracias a la astucia y valentía de don Lorenzo, el carnicero del pueblo. Después de atender a su última clienta, bajó la cortina y estuvo alrededor de una hora limpiando el local a fin de dejarlo impecable para el día siguiente. La radio estaba encendida. Le encantan los boleros y a esa hora pasaban unos cuantos en la estación local. Con el volumen bastante alto, don Lorenzo sólo tenía oídos para la música. Durante todo el día no se había hablado de otro tema. Todos los clientes comentaban acerca del veredicto final que dejó en libertad al Ñato. El vecindario entero anhelaba verlo colgado en la plaza –pena que las autoridades habían prometido en caso de encontrarlo culpable. Al terminar el aseo, el carnicero apagó las luces y salió por la puerta de atrás, que comunicaba con el fondo de su casa. Ya en el patio se dio cuenta de que la radio había quedado encendida, así que volvió sobre sus pasos hasta el local. Al entrar vio un cuchillo en el piso. Apagó la radio y salió del lugar corriendo a buscar ayuda. No podía ser sino el Ñato que, recién salido de la prisión, volvía a hacer de las suyas. La policía llegó rápidamente. Registraron todo el local y la vivienda anexa. Julia, la esposa de don Lorenzo, estaba pálida del susto y comentó que había visto una sombra cerca de la ventana, con lo cual concluyeron que el delincuente había escapado de nuevo. Esa noche, después de que los oficiales se fueron, el carnicero cenó con su mujer, quien alrededor de las once sintió sueño y fue a su habitación. Pero él no la acompañó, porque intuía que el cretino volvería para llevarse lo que no había podido. Hasta la madrugada hizo guardia sentado en una silla con su vieja escopeta en la mano. Ya el sueño lo vencía cuando escuchó ruidos en el pequeño porche de la entrada. Sigilosamente y siempre apuntando con la escopeta se asomó, pero no había nadie. Salió hasta la vereda, pero no vio nada en toda la cuadra, excepto las luces de algunas casas vecinas que se encendían. Don Lorenzo pensó que pronto sería hora de abrir su negocio y no había descansado. Al entrar nuevamente, observó que la cortina de la ventana de la cocina se movía, y la bolsa con la recaudación del día –billetes y monedas ganados con el sudor de su frente y que había dejado sobre la mesa– ya no estaba ahí. Gritando desesperadamente echó a correr como un desaforado, cargando su arma. Saltó la cerca del frente y llegó a la esquina, donde vio alejarse la silueta del Ñato y su bolsa bamboleándose a toda velocidad. De pronto el forajido frenó, se dio vuelta y con el aire altivo de quien gana una nueva batalla miró al carnicero, quien para sus adentros juró que no huiría. Levantó la escopeta, apuntó y disparó. Le dio en el trasero. El Ñato gritó, se tambaleó y logró perderse en la bocacalle; él, junto con su botín. Por más que don Lorenzo siguió sus pasos mientras revisaba con atención si la bolsa había caído por alguna parte, nada encontró, salvo unas cuantas gotas de sangre. Con el escándalo de los disparos y las corridas, los vecinos dieron aviso a la comisaría, y la patrulla salió a rondar por la zona. Ya cuando don Lorenzo estaba abriendo la carnicería, un oficial de policía llegó para informarle que el Ñato se encontraba detenido. Lo habían encontrado en un callejón, con una profunda herida en la nalga y la bolsa robada. El ladrón permanecería incomunicado hasta que estuviera repuesto de su herida. Luego de entregarle la bolsa con el dinero, el oficial se despidió y el carnicero se dispuso a trabajar. El espíritu vengativo del Ñato era archiconocido en el pueblo y don Lorenzo debió soportar todo el día las advertencias y consejos, no sólo de su esposa sino de toda la clientela que entró a comprar o a enterarse de las novedades y compadecerse de la pobre víctima. Todos le recordaban que no debía fiarse de la detención, ya que si esta vez como las anteriores la justicia no encontraba pruebas fehacientes que probaran la culpabilidad del bandido, lo absolverían declarándolo inocente. Don Lorenzo intentaba mostrarse optimista, y pensar que en esta ocasión no se saldría con la suya. A diario caminaba desde su casa hasta la comisaría para averiguar si aún se encontraba convaleciente e incomunicado. El comisario lo tranquilizaba, afirmando que en cuanto el Ñato se repusiera le avisarían e iniciarían el proceso. Y don Lorenzo regresaba caminando a su casa sin pena ni gloria, pensando en la desgracia de su pueblo cargando con semejante maleante a cuestas. El departamento de Pilcomayo contenía algunas localidades que se encontraban en lento crecimiento, como la ciudad de Clorinda. Pero Siete Palmas no era el caso. Siete Palmas continuaba siendo un pequeño pueblo en donde todos sus habitantes se conocían casi como si fueran familia. Una carnicería –la de don Lorenzo–, una verdulería y frutería, una pequeña despensa en la que se podía comprar pan fresco y leche traída directamente de los tambos y el gran almacén, surtido con comestibles enlatados y vinos, y en el cual además se conseguía desde un alfiler hasta algún repuesto para automóviles constituían la franja comercial de la pintoresca localidad formoseña. Esto no era porque Siete Palmas se hubiera quedado estancado en la Historia, sino porque la población era poca y tan solidaria que si alguien viajaba a la ciudad entre todos procuraban hacer correr la noticia, a fin de que quien necesitara algo pudiera encargarlo. Para nada se habían quedado en el tiempo, viviendo en la Edad de Piedra, como cierta vez dijo socarronamente un peregrino de la ciudad de Formosa con ánimo de ofender a los pueblerinos. Es que realmente vivían en una tranquilidad absoluta, no necesitaban más de lo que poseían y no estaba en sus planes la construcción de grandes edificios o carreteras. Todo el pueblo era feliz así. No anhelaban que algún “abombado” –como ellos solían decirles a los metidos de la gran ciudad– fuera a tratar de convencerlos en nombre del progreso. Además ya habían visto cómo en pueblos vecinos algunas empresas constructoras les habían chupado la sangre con excusas progresistas, quedándose con buenos lotes comprados por nada y levantando edificios que quitaban a esos lugares todo el encanto que estaban conservando a lo largo de los años. En Siete Palmas nadie quería saber nada de eso. Todos estaban felices y muy tranquilos, hasta que un día comenzaron los saqueos. Prácticamente de la noche a la mañana el pueblo conoció la angustia de la inseguridad. La incertidumbre, el nerviosismo y el temor se instalaron en cada uno de sus habitantes. Parecía que a todos les llegaría el turno, porque cada mañana se sabía de una nueva víctima. Un delincuente, adicto a las pertenencias ajenas, un ladrón miserable llegó para entorpecer la paz. Dinero, ropa, comida, juguetes… ¡ni los niños se salvaban! La gente empezó a desconfiar y, como primera medida, muchos levantaron cercas más altas, otros enrejaron el perímetro de su vivienda, algunos colocaron espejos en las ventanas, a fin de observar quién pasaba por la vereda. Durante casi dos años los vecinos vivieron esperando ser robados. Muchos lo fueron varias veces, y era imposible detener al malviviente. Pero un día –un día que se recordará siempre en el pueblo– la justicia lo atrapó con las manos en la masa. En el momento en que salía del gran almacén, cargado de mercadería como para abrir una sucursal, el Ñato debió rendirse ante el oficial Belindo Gutiérrez, que lo capturó y llevó detenido. Para alegría de los pobladores, el Ñato no pertenecía a Siete Palmas. Era oriundo de la provincia de Tucumán –dato que alguien proporcionó y nadie puso en duda– y se había alejado de su tierra en busca de aventuras hacía casi tres años. Nunca pudo darse con el paradero de su familia y, puesto que era menor de edad y ateniéndose al reglamento del “Centro de protección al individuo menor”, la justicia ordenó dejarlo en libertad. Esa fue la primera de tantas veces que el Ñato entró a la comisaría con la cabeza gacha y salió de ella triunfante. A partir de ese día, otros arrestos tuvieron lugar siendo aún menor. El pueblo soportó mucho tiempo hasta que el forajido fue mayor de edad. Pero desde entonces comenzó a transitar un nuevo calvario, ya que el Ñato hacía su trabajo tan impecablemente que nunca se encontraban pruebas para condenarlo. Esto ocurrió hasta aquella noche en que don Lorenzo le disparó. Esta vez la justicia tenía al criminal y todas las pruebas. Esta vez no se saldría con la suya, al menos era lo que casi todos creían. Sin embargo, el Ñato demostró ser, además de todo, un profesional del escape. Cuando se curó la herida causada por el disparo de escopeta, huyó del calabozo tan prolijamente que hasta los más damnificados reconocían que su habilidad era digna de aplaudir. Otra vez volvió el estado de alerta al pueblo que, harto de tolerar lo realmente intolerable, decidió hacer justicia por mano propia. Los más audaces permanecían las noches en vela, armados para defenderse o atacar, tal como don Lorenzo lo había hecho. Otros se comprometían a dar la alarma cada vez que notaban algo sospechoso. Llamó la atención que por más de dos semanas el Ñato no volvió a las andadas. Pero, si bien en ese lapso no hubo que lamentar daños, los sietepalmenses no recuperaron su vida calma, ya que vivían con el corazón en la boca aguardando un mal acontecimiento. Especialmente el carnicero, que esperaba una represalia. Los delitos del Ñato y su fama como evasor de la justicia se conocieron en otros lugares. Localidades como Clorinda, Laguna Blanca, Tres Lagos hablaban del bandido, e inclusive los niños tejían historias o inventaban juegos de perseguidores y perseguidos, en los que el paladín tomaba el nombre del buscado ladrón. Mientras esto ocurría en las afueras, Siete Palmas vigilaba sin respiro. Los días parecían más cortos y las noches eternas. No obstante los vecinos persistían en la tarea que habían emprendido. No bajaban los brazos, pues sabían que tarde o temprano el desgraciado iba a reincidir. Y así ocurrió un 15 de noviembre a plena siesta. Alrededor de las dos de la tarde, cuando el sol rajaba la tierra y el pueblo entero descansaba luego del almuerzo, Verónica entró al local de su abuelo. Era una niñita de seis años, nieta de don Lorenzo. Todos los días mientras los mayores dormían la siesta, ella tenía permiso para jugar en la carnicería que –a decir verdad– era el lugar más fresco de la casa. Su abuelo dejaba abierta la puerta del fondo que comunicaba con la vivienda, y ella pasaba un buen rato jugando a la vendedora. En silencio absoluto la tarde, lo único que se escuchaba era el suave parloteo de Verónica que, como si hablara con alguien, se preguntaba y respondía solita, imaginando que era cliente y vendedora a la vez. Sigilosamente, por el tragaluz del techo se deslizó la extraña figura del peligro. Antes de que pudiera tocar algo del local, la niña gritó con todas sus fuerzas y, apuntándole con una pistola, el malhechor vio aparecer a don Lorenzo. Para sorpresa de éste, no se trataba del Ñato, sino de otro ladrón que quiso sacar ventaja de la situación que se vivía en el pueblo por su causa. Era muy fácil robar, ya que mientras no lo vieran, el único sospechoso sería el famoso Ñato. Pero la sorpresa no terminó allí. En el mismo instante en que el carnicero era obligado a arrojar su arma, una ráfaga pesada se abalanzó contra el delincuente, quedando fuertemente prendido a su rostro con sus garras. La pistola cayó al suelo y don Lorenzo corrió a abrazar a su nieta. Buscó su escopeta y disparó al aire. El Ñato seguía encima del ladrón, que yacía en el suelo sin poder moverse. Gracias al disparo, llegaron vecinos y policías. El malviviente fue llevado a la comisaría y el Ñato recibió los aplausos y agradecimiento de la población, que no dejaba de acariciarlo por haberle salvado la vida a Verónica. El temible gato persa quedó acurrucado en un rincón, hasta que la niña fue a hablarle. Se notaba que tenían una relación muy amistosa. Tras las preguntas de su abuelo, Verónica contó que hacía mucho tiempo que “Gatito” –como ella lo llamaba– era su mejor amigo, y que muchas veces conseguía objetos para jugar o algo para comer juntos. Ese 15 de noviembre los vecinos nombraron al Ñato “Protector de los niños”, y encomendaron a un artista la realización de una escultura que fue plantada en medio de la plaza. Ese 15 de noviembre don Lorenzo comprendió que aquél que había sido su gran enemigo, era un fiel amigo y guardián de la comunidad. Permitió que se quedara en su casa, adoptándolo como mascota. Desde ese día el gato persa dejó de robar, pues podía conseguir lo que quisiera con una mirada tierna o rozando su cuerpo velludo en las piernas de quienes tiempo atrás habrían sido sus víctimas. Desde ese día la tranquilidad volvió a reinar en Siete Palmas. Por: Zulema Aimar Caballero
Confieso que en un momento sentí pena por ella, principalmente cuando el cable apretado en su cuello la desesperaba. Su rostro distorsionado por las cirugías se desfiguró tanto que advertí aquellos gestos que hacía tantos años no veía; su cara reaparecía como era naturalmente. Sus ojos enormes mantenían los párpados sin cerrarse y una mirada de compasión se cruzó con la mía. También hacía mucho tiempo que ella no miraba con dulzura o compasión. Parecía la mujer con la que me había casado casi treinta años atrás. La dureza que en los últimos tiempos la caracterizaba –tanto públicamente como en nuestra vida íntima– se desvanecía por detrás de una fragilidad sin precedentes. Daba la impresión de estar presenciando la transformación de la fría piedra en cálida y suave arena. Y no podía dejar de observarla, así que mi mirada penetraba en la de ella como la suya entraba en mis retinas. Su rostro sudoroso comenzaba a borrar los vestigios de aroma a caros perfumes franceses y al caer el cabello sobre sus hombros veía la imagen de una leona desesperada, cuyas punzantes garras ya no tenían fuerza para defenderse de la muerte cercana. Yo seguía apretando, sin piedad. Odiaba con un odio poderoso, como nunca imaginé que podría hacerlo. Pero carecía de importancia, pues no era momento de examinar mi conciencia. Sus brazos dejaron de lanzar manotazos y las piernas se aflojaron. En ese instante rodeé su cuello con una vuelta más de cable y apreté enérgicamente para asegurarme su muerte. Ella expiró, quedando con los ojos abiertos, mojados y fijos sobre mí. Me senté a su lado, absolutamente satisfecho, mientras –como una estrella fugaz– pasó por mi mente una ráfaga de recuerdos que me esforzaba por quitarme de la cabeza, pero comprendí que nunca los olvidaría. La ambición y la codicia me habían convertido en un monstruo. A eso se agregaba la envidia que sentía por ella. Había ganado las elecciones presidenciales gracias a mí, y el día del traspaso del mando le susurré al oído que no se confundiera, porque yo era quien seguiría manejando los hilos de todo. Como una figurita en manos del coleccionista, al principio fui despegándola y pegándola caprichosamente en las páginas del álbum que yo elegía. Ella figuraba y yo maquinaba el brillante futuro que nos esperaba. Pero las cosas fueron escapándose de mis manos. Hubo quienes se pusieron en mi contra y hasta llegué a sospechar que ella misma los incitaba a hacerlo. Comenzó a suceder lo que tanto temía y cada día que transcurría podía confirmarlo. Su ambición y su codicia eran aún más grandes que las mías. Pero eso no era todo. Su asesor de gabinete –a quien yo mismo aconsejé designar– resultó ser más astuto que una serpiente con exceso de veneno y la imperiosa necesidad de desplegar los colmillos para clavarlos a su presa. En pocos meses había adquirido la fisonomía y conducta del cazador furtivo que esperaba el momento justo para cubrirse de gloria. Y el trofeo era yo. Ya era demasiado. No es cierto que donde comen dos, comen tres. Pasé a ser un estorbo en su vida. La muy desgraciada lo dejaba participar en todo. Mis informantes me daban pruebas contundentes de que en sus viajes al exterior del país disfrutaban noches de amantes. Soporté la situación durante mucho tiempo; al fin y al cabo mi amor por ella desaparecía y sólo quería continuar a su lado para no levantar sospechas y dar rienda suelta a mis impulsos de apoderarme de todo. Era menester urdir un plan para hundirla, ponerla en evidencia, lograr que el mundo la detestara. Sin embargo no era fácil encontrar la manera de hacerlo sin caer yo también. Una y otra vez me decía a mí mismo que su infidelidad no me lastimaba más que su soberbia, y que aquella mujer a quien había convertido en un títere maleable a mi antojo no sería quien me llevara a terminar mis días solo, derrumbado y aplastado por mis miserias que también eran las suyas. La muy ruin se engolosinó con el poder que ejercía y olvidó que el artífice de su éxito tenía una firma, que era la mía. Mafiosos y narcotraficantes habían sido contactados por mí para que ella cumpliera su sueño de Cenicienta, con la condición de que prepararía el camino para mi memorable triunfal regreso al palacio presidencial. De pronto estuve en la mira de todos. Delaciones, investigaciones, jueces leyendo expedientes, fiscales buscando pruebas. Sumido en una profunda oscuridad llegué a pensar que no tendría escapatoria y me carcomía las vísceras el hecho de no poder arrastrarla conmigo y zambullirla en el mismo lodo que me taparía. Quise jugarme la última carta y en vísperas de Semana Santa insistí para alejarnos unos días de la ciudad, tomándonos un tiempo para nosotros. Finalmente accedió a mi pedido y el jueves anterior a la Pascua subimos al helicóptero presidencial que nos dejó en nuestra cabaña a orillas del mar. Lo que entablamos como una conversación amena, referida principalmente a cuestiones de pareja, siguió indefectiblemente un curso en donde lo inmoral y nefasto cobraban la mayor importancia. No pude soportarlo más y –confieso– tampoco ella.
***** Aquella ráfaga de recuerdos se dibujaba en mi mente como una espiral que nunca acabaría. Esa evocación a la mezquindad, el desamor, la sed de poder absoluto se mezclaba con la imagen de nuestros hijos, a quienes nunca volvería a mirar de frente, y quienes jamás me perdonarían. Sus ojos, aún abiertos, ya que mi odio no me permitía ni siquiera el amable último gesto de cerrárselos, se hincaban en los míos. Aun en esas condiciones mi ira aumentaba. Ya no quería verla, no deseaba sentirla cerca, no quería que esa mirada me persiguiera. Mejor sería descuartizarla y arrojarla al mar. Busqué un cuchillo, tan afilado que hubiera podido extirpar esos ojos con un solo movimiento. Por fin acabó la noche. Vinieron a buscarnos. Desangrado sobre la alfombra y con el cuchillo en la mano, aquellos ojos aún me observaban, y su cuerpo helado yacía junto al mío, mientras nuestras almas discutían arduamente con la muerte a qué lugar irían a parar.
Leyenda: Relación de sucesos que tienen más de tradicionales o maravillosos que de históricos o verdaderos (Real Academia Española).
Leyenda de la flor de ceibo (Anónima)
Allá por los tiempos de la conquista, habitaba a orillas del Paraná una tribu guaraní. Cuenta una leyenda que su cacique, respetado y venerado por todos los indígenas, tenía una hija cuya belleza cautivaba a quien la contemplara. Su nombre era Anahí, que en guaraní significa “la de dulce voz”, y entonando hermosas melodías sembraba armonía a su alrededor. Cierto día, la paz de aquellas tierras fue quebrada por la invasión de los hombres blancos. En la lucha, el gran cacique resultó muerto por un capitán español. Anahí, enceguecida por el dolor, juró vengar la muerte de su padre. Así fue que una noche de luna nueva se acercó al campamento enemigo y dio muerte al capitán. Los soldados la tomaron prisionera y fue condenada a morir en la hoguera. Anahí, se despidió con una canción. Cuando del fuego sólo quedaban cenizas, los soldados no podían creer lo que sus ojos veían. En el mismo lugar del sacrificio se erguía un tronco que extendía sus brazos desbordantes de flores rojas como la sangre. Desde entonces, la flor del ceibo adorna y bendice las agrestes riberas y el río acuna el recuerdo hecho leyenda de la frágil indiecita.
Metamorfosis
Tres años transcurrieron desde que Rodrigo Ureña regresó a España. La misma embarcación que lo había llevado a tierras americanas lo devolvió al puerto de Cádiz una templada mañana del mes de julio. Ese viaje dio a su vida un giro significativo, a tal punto que en poco tiempo pasó de simple marino a afortunado comerciante, convirtiéndose por fin en uno de los españoles más ricos de su época. Era tanto lo que poseía que a los pocos meses de su arribo, este joven acaudalado suscitó la codicia de muchas familias que pretendían acomodar a sus mujeres casaderas. Pero, sobre todo, despertó más su propia codicia. Pasado su primer año en suelo peninsular, ya no se conformaba con haber hecho fortuna gracias a las arcas repletas de piedras y metales preciosos, producto del saqueo a los nativos del nuevo continente. Demasiados tripulantes llevaba su nave, y al llegar aquel mes de julio, le exigieron que repartiera los frutos del viaje. Además, en esa expedición Ureña era súbdito de la Corona española, ante la cual también debió rendir cuentas. Dos años más tarde, ya por cuenta propia, decidió emprender una nueva expedición. La avaricia y la codicia no lo dejaban en paz, ni siquiera cuando dormía, porque en sus sueños se le aparecían las coloridas montañas y ríos tumultuosos, desbordados de minerales, rebosantes de riquezas. En sus sueños veía las deslumbrantes artesanías indígenas de oro impecable. Y cuando despertaba recordaba –sin importarle, y muchas veces disfrutándolo– la manera en que les fueron arrebatadas a esas humildes personas no sólo sus pertenencias, sino también sus mujeres, su cultura, su inocencia, su fe. Ureña era uno más de otros tantos que había hecho brotar de su interior los más condenables impulsos de perversidad. Él lo recordaba muy bien. Había matado, había violado mujeres, había cometido los actos más viles que un ser humano puede consumar. Cargaba con eso en su conciencia, aunque rara vez salían de su boca aquellas remembranzas. Únicamente en estado de ebriedad, esas memorias revivían en sus labios y se jactaba de lo que decía, sin pudor, sin arrepentimiento. Y era en esos momentos que podía verse al verdadero Rodrigo Ureña, ser despreciable manchado por siempre con la sangre de aquellos seres crédulos que confiaron –como él mismo aseguraba– en sus palabras civilizadas y fraternas. A la par de este individuo reprochable moraba la mediocre clase aburguesada con la que se codeaba, que celebraba casi tanto como él cada una de las anécdotas de tan prolíficos días, y que lo instigaba, día tras día, a conseguir más de lo que tanta felicidad le proporcionaba. Inflado de vanagloria, hizo preparar su embarcación, acorde a sus propósitos, una nave que soportaría tres veces más peso que aquélla en la que había realizado el primer viaje encomendado por los reyes. Esta vez cargaría el triple, y a la Corona solamente pagaría impuestos. Con veinte tripulantes a bordo zarpó un 19 de agosto, dejando en el muelle a su joven esposa y su hijo de apenas un año de edad.
*****
Treinta días llevaba Rodrigo Ureña en su travesía por los océanos, período que resultó bastante difícil, ya que durante la segunda semana de viaje se enfermó –nunca se supo la causa del mal– y padeció interminables días de fiebre. Muchas veces la hipertermia le ocasionaba delirios que llegaron a sumirlo en el peligro. De esto dieron fe algunos tripulantes, que una noche no tuvieron más remedio que atarlo en la cama, porque en medio del sopor y las pesadillas había caminado hasta la cubierta y lo encontraron próximo a arrojarse a las profundidades del mar. Navegar por las aguas furiosas oceánicas constituyó una osadía en medio de las tres fabulosas tormentas que la embarcación debió sortear. Pero, de todas ellas, la tercera se manifestó como la peor de todas. Olas gigantescas sacudían la nave, colmando de agua hasta la cámara del capitán, y los golpes en el mástil de trinquete provocaron su desplome. Un marinero vigía que intentaba subir a la cofa, cayó desde el mástil mayor, directamente al mar. La bomba no daba abasto para desagotar la bodega y la desesperación de los hombres ocasionó rencillas que ni el mismo Ureña supo controlar. En medio del panorama desolador, las velas parecieron acomodarse a una repentina calma del viento. La esperanza, casi perdida, renació entre los habitantes de la embarcación que por más de una hora lo único que imaginaban era su fin y, sin embargo, sobrevivieron a la catástrofe. No faltaba tanto para llegar a tierra firme. Ureña calculaba dos o tres días más hasta tocar la costa que lo conduciría a su primer destino. La tan anhelada plata de las comarcas del Perú. Allí comenzaría a llenar sus arcas, despojando a la tierra de su abundancia, timando a los nativos para robarles su patrimonio. El marino tenía todo, absolutamente todo, bien planeado. Cualquier recurso, así fuera el más humanamente despreciable, iba a ser puesto en uso con tal de que sirviera a sus propósitos. Había llegado a un punto de su ambición en el que todo estaba permitido, y sabía muy bien que no moriría en el intento de obtener todo cuanto quisiera, pero sí mataría por lograrlo. Él ya había estado en el lugar y había tenido ocasión de conocer a los moradores de tan privilegiados suelos. Sabía lo sensibles que eran, conocía muy bien su ingenuidad y la simpleza de su espíritu inofensivo. Ya había atacado una vez, matado hombres, violado mujeres, robado niños para someterlos a la esclavitud. Llegaba, pues, a las tierras del Cuzco con la seguridad del león ante su presa débil, listo para lanzarse sobre ella y disfrutar los estragos de su fuerza.
***** Se vio allí, frente a aquel mundo leso por la calamidad provocada por el apetito desmedido del hombre blanco, una cultura víctima del horror y la injusticia. Mas en esta oportunidad no le resultó tan fácil. Sobre aquel suelo y bajo ese cielo estaba Antay, con su penetrante mirada puesta en los ojos del agresor. El buen Antay siempre recordó los ojos perversos, odiosos de Ureña, y su cuerpo robusto sometiendo a la pequeña Kukuri, quien, indefensa como un animal a punto de ser extinguido de la faz de la Tierra, luchó con sus escasas fuerzas hasta rendirse. El cuerpo de la niña quedó tirado en un claro de la selva hasta que Antay pudo librarse de las cuerdas con las que había sido amarrado de pies y manos, obligado a ser testigo del martirio de Kukuri. Frente a la cínica mirada del usurpador, y sin pestañear un segundo, Antay caminó con paso firme y encaró al asesino, que nada pudo hacer para defenderse porque esta vez el nativo no estaba solo. Una veintena de hombres de su tribu lo secundaban, listos para recibir la orden de ejecutar al miserable. Pero Antay no era como el hombre blanco, no necesitó la supremacía de la fuerza para demostrar su poder; pese a todo el sufrimiento que aquél le había causado, no guardaba en su interior hambre de venganza. Y cuando vio al cobarde arrodillado a sus pies pidiendo misericordia, se apiadó de él, lo alzó del cuello y en su lengua quechua mandó a sus hombres amarrarlo y conducirlo hasta la embarcación que lo había dejado en esas costas. Ureña huyó entonces con las manos vacías, la ira a flor de piel y el corazón más duro que las mismas piedras del Cuzco, hacia las tierras del Plata, en las que –estaba seguro– la suerte estaría de su lado, puesto que en su anterior viaje había comprobado que los guaraníes eran mucho más negados y dóciles que los incas. La expedición a aquellas regiones derivó en una ardua travesía por selvas, montañas y ríos hasta los territorios colorados habitados por los guaraníes. En los años pasados, Ureña no pudo olvidar el canto de los pájaros, la espesura de la selva, los árboles coloridos, el sonido de las aguas del Paraná que, mezclado con el canturreo de las indiecitas, daban al lugar un aspecto comparable únicamente con el paraíso. Pero sobre todo no perdió la memoria de aquel edén de magníficas riquezas que emanaban de una cultura de la cual se había aprovechado. Aunque luego de la frustración en el Cuzco, debía planear a la perfección una estrategia para lograr su propósito, ya que en este viaje no se desempeñaba como centinela de cientos de hombres, sino como conductor de dos decenas de marinos que lo apoyaban en su afán de enriquecerse, a cambio de alguna tajada. Así fue que decidió permanecer a orillas del Paraná, entablando amistad con los indígenas, sobornándolos con objetos procedentes del Viejo Mundo, llamativos pero totalmente carentes de valor. Sus primeros días transcurrieron en medio de tranquilidad y sin sorpresas, pero al cabo de una semana la fiebre volvió a instalarse en su cuerpo. Entre sudor y divagaciones, recostado dentro de una especie de choza de troncos y hojas, sus acompañantes trataban de esmerarse para bajarle la temperatura corporal. Pero en cuanto aparecieron en su rostro y espalda un sinfín de manchas amarillentas, tomaron distancia por miedo al contagio, dejándolo postrado a la buena de Dios. Pero los aborígenes guaraníes no permitieron que algo malo le sucediera a su hábil nuevo amigo. Buscaron sus plantas medicinales y prepararon pociones para curarlo. Tan inteligente era el hombre blanco que ni siquiera sabía qué estaba padeciendo. Tan ignorante el indígena, que conocía la enfermedad e incluso cómo sanarlo. Ureña se repuso en pocas horas. La fiebre desapareció, al igual que las manchas. Cuando se sintió en excelentes condiciones pensó que lo mejor sería empezar a llenar sus arcas cuanto antes y partir rumbo al Viejo Mundo. Temía enfermar nuevamente y no poder volver a la “civilización”. Sin violencia física esta vez, pero con engaños, inició el saqueo en tierras guaraníes. Sentía que todo estaba saliendo mucho más fácil de lo que esperaba. Ahogado de felicidad caminó hasta las orillas del río Paraná y a la sombra de un árbol se acostó a descansar. No pudo cerrar los ojos ante la maravillosa visión de aquella copa verde con flores rojas que, desde el suelo y con un marco de cielo azul límpido, resplandecía ante sus pupilas. –¡Centinela! –exclamó una voz de mujer. Ureña no veía a nadie cerca. Movió su cabeza hacia los costados, tratando de dilucidar de dónde provenía tan hermoso acento. –¿Sabes, centinela? En el sitio en que me hallo aprendí tu lengua española; ahora podemos entendernos. El marino buscaba a la dueña de aquella voz dulce, pero no acertaba a dar con ella, y solamente podía mover su cabeza, pues de repente su cuerpo se inmovilizó. Ni los brazos ni las piernas respondían a las órdenes de su cerebro. –¿Me buscas, centinela? Mira justo enfrente de ti, allí me hallarás. ¿No has olvidado mi voz, verdad? ¿Cómo puedes haberla olvidado, si he gritado tanto pidiendo auxilio? ¿Realmente no sabes quién soy? Ureña comenzaba a sentir temor, y a medida que los segundos avanzaban su rostro y todo el cuerpo se empapaban en un sudor hediondo, el olor nauseabundo de su alma corrupta, de sus entrañas podridas. Creyó estar soñando; creyó delirar nuevamente: –¿Estoy alucinando? –No, pobre centinela, no lo estás. –¿Quién eres? ¿Quién demonios eres? –gritó estupefacto. –Tal vez… la voz de tu conciencia. O la voz de todos mis hermanos que tú y los tuyos creyeron callar para siempre. ¿Realmente no me reconoces? ¿Es que ya no recuerdas mis gritos de socorro mientras abusabas de mí? ¿Acaso has olvidado que me violaste y no conforme con eso me perseguiste para herirme y quemarme viva? Ureña recordó perfectamente todo, incluso aquella transformación de la que había sido testigo. Y la dulce voz prosiguió diciendo: –¿Demonios? No. Donde habito no existen los demonios. Pero, ¿hacia dónde te diriges tú? Ureña pareció despertar de la más cruel de las pesadillas cuando, sus ojos desorbitados percibieron una metamorfosis aún más extraña que la presenciada años atrás. –¡Anahí! –gritó–. ¡Anahí! ¡Anahí! En ese instante el tronco de aquel ceibo a cuya sombra se encontraba comenzó a tomar forma humana, y la figura de la indiecita fea lo miraba y se reía, mientras del árbol saltaban pétalos rojos que caían sobre Ureña como chispas, una tras otra. –¿Ya has recordado cuando me tomaste prisionera? ¿No has olvidado cómo ultrajaste mi cuerpo? ¿No has olvidado los latidos desesperados de mi corazón cuando escapé del cautiverio e hiciste un hoyo en mi espalda con tu puñal? ¿Recuerdas todo, verdad? ¿Has visto en qué cosa bella me he convertido? ¿Has visto cómo la sangre pura de la inocencia se convierte en flor? Ya verás en qué se convierte la sangre de los asesinos en las tinieblas del averno. –¡No, Anahí! ¡Por piedad! –No hay perdón, centinela, ya no lastimarás a mi pueblo. Tú y tus cómplices nunca regresarán a su mundo, pero tampoco permanecerán aquí. Asistirán todos al viaje más cálido que jamás hayan imaginado. En ese momento una ráfaga de viento comenzó a avivar las chispas que caían sobre el cuerpo de Ureña, convirtiéndose en llamas infernales que lo envolvieron hasta incinerarlo completamente. Como por obra de un hechizo, estando toda la selva en pleno día soleado se desató una lluvia que bañó el lugar, como si calmara la sed de Anahí. Con su dulce voz, la indiecita volvió a mimetizarse con el tronco, y las chispas volvieron a transformarse en atractivas flores color rubí que iluminan y custodian las tierras del Paraná.