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2 dic 2013

El espejo delator


Se paró frente al espejo. La primera impresión fue desagradable. Apenas pudo reconocer su rostro, borroneado en aquella superficie empañada. Tomó la punta de la toalla con la que había envuelto su cabello y la pasó cuidadosamente por el cristal delator, descubriendo la imagen que este reflejaba.
La impresión fue peor. Porque lo que aparecía en aquella superficie, ahora brillante y sin borrones, no era solamente ella, sino la premonición al desnudo del resto de su vida. El espejo le ofrecía la realidad más cruel. Los surcos que el tiempo había trazado sobre su frente y alrededor de sus ojos no le molestaban. “Así debe ser”, pensaba.
Lo que la atormentó en la revelación de su rostro fue comprender que ahora, más que nunca, la esperanza estaba perdida. Ahora que por fin el amor había salido de su cautiverio, el tiempo le gritaba que él ya no la reconocería.

Por: Zulema Aimar Caballero
zulebm@hotmail.com

12 abr 2012

Nocturno

Durante días preparó su corazón para recibirlo. Unos latidos incontenibles en el momento del reencuentro le ahogaron las palabras. Sin embargo, percibió que el corazón de él estaba más acelerado.
Ella sólo dijo: “Hola”. Él respondió: “Te quiero”.
Ella, junto a él, estaba feliz y sentía que él era aun más dichoso.
Ella rozó con su mano sus pulcros dedos rosados, y él la tomó y entrelazó los suyos con firmeza, como cosiendo, una con otra, las dos vidas.
Ella se acercó y permaneció unos segundos recostada sobre su pecho. Él inventó una rosa perfumada con su aliento y, con el cariño de los que quieren, se la ofreció en silencio.
Ella, sonrojada, acarició su tibia mejilla y él sonrió ante el color de la inocencia.
Ella estiró su cuello y besó esa sonrisa. Él atrapó sus labios y, con el amor de los que aman, los besó desenfrenadamente.
Ella lo miró a los ojos y le dijo cuánto lo deseaba. Él la sintió como nunca, abrazándola con el alma.
Una brisa fresca se posó sobre su cuerpo, interrumpiendo el descanso. Ella abrió los ojos y ya no pudo seguir soñando.

Por: Zulema Aimar Caballero

29 oct 2010

Condena

    Desde la ventana del bar, la observaba día tras día. A las nueve de la noche, ella cerraba las persianas del local que atendía y caminaba dos cuadras oscuras que la llevaban a la pensión en donde vivía.
    Cada uno de sus movimientos despertaba mi libido. Aquel día no pude contener ese impulso animal que ni yo mismo sabía que poseía. Esperé que comenzara a caminar por la vereda y salí del bar, tras ella, paso a paso en la oscuridad. Al ver que giraba la llave para ingresar, me apuré y abalancé sobre ella. Forcejeamos un instante, mientras con mi dura mano tapaba su boca para que no gritara.
    Con mi brazo aprisionándole el cuello, entramos a su habitación. Hice una mordaza con un pañuelo y até sus brazos a los barrotes de la cama. Como una fiera, arrebaté toda su ropa y me adueñé de su cuerpo, una y otra vez, sin importarme su desesperación y disfrutando cada golpe que le propinaba.
    Salí del lugar diciéndole: “No me recordarás por mucho tiempo. Estás muriendo”.
    Un desconocido está arrojando los últimos gramos de tierra sobre mi cuerpo y aún siento su voz como aquella noche, hace más de diez años, cuando, con su último aliento, respondió: “Nunca me olvidarás. Acabas de contraer sida”.

Por: Zulema Aimar Caballero
zulebm@hotmail.com