Durante días preparó su corazón para recibirlo. Unos latidos incontenibles en el momento del reencuentro le ahogaron las palabras. Sin embargo, percibió que el corazón de él estaba más acelerado.
Ella sólo dijo: “Hola”. Él respondió: “Te quiero”.
Ella, junto a él, estaba feliz y sentía que él era aun más dichoso.
Ella rozó con su mano sus pulcros dedos rosados, y él la tomó y entrelazó los suyos con firmeza, como cosiendo, una con otra, las dos vidas.
Ella se acercó y permaneció unos segundos recostada sobre su pecho. Él inventó una rosa perfumada con su aliento y, con el cariño de los que quieren, se la ofreció en silencio.
Ella, sonrojada, acarició su tibia mejilla y él sonrió ante el color de la inocencia.
Ella estiró su cuello y besó esa sonrisa. Él atrapó sus labios y, con el amor de los que aman, los besó desenfrenadamente.
Ella lo miró a los ojos y le dijo cuánto lo deseaba. Él la sintió como nunca, abrazándola con el alma.
Una brisa fresca se posó sobre su cuerpo, interrumpiendo el descanso. Ella abrió los ojos y ya no pudo seguir soñando.
Por: Zulema Aimar Caballero