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9 feb 2016

Los “descuidos” de Acuña

Hay personas que realmente tienen la cara de piedra. Y verles esa cara, a algunos les provocará risa, a otros, indiferencia… otros sentirán vergüenza ajena, muchos experimentarán una fuerte indignación.
Las voces de los indignados se levantan y, a veces, terminan favoreciendo los intereses publicitarios de quien ha cometido un delito. Otras voces se callan, no porque no sientan la misma repulsión, sino porque piensan que «no hay que dar más por el pito que lo que el pito vale» (cita popular, de dominio público).
Particularmente, soy de las indignadas que no quieren callarse. En primer lugar, porque a pesar de no ser propietaria de una universidad, creo en la buena educación y soy consciente de que todo lo que se difunda por los medios de comunicación podría ser tomado como ejemplo. Y no quiero que el mal accionar de un individuo duerma en la impunidad y sea visto como la gran hazaña de un vivo o como modelo a seguir. Plagiar es robar, y robar, además de un pésimo ejemplo, es un delito. Y robar en muchas oportunidades es cometer muchos delitos.
Yo aprendí que no hay que robar, y que los robos no son ni chicos ni grandes… siempre son robos, y nunca están bien. Y lo que no es mío, no me pertenece, sea un tomate, una joya o una idea. «Las mentiras tienen patas cortas», decía mi abuela (aunque también es un dicho popular). Al señor César Acuña parece que haber mentido le sirvió mientras duró. Le mintió a todo el mundo: a sus colegas, a sus superiores, a sus compañeros, a sus alumnos, a distintas sociedades y a él mismo. ¿Cómo pudo vivir con estos engaños? ¿Nunca le remordió la conciencia? Me pregunto si tiene conciencia. Lo primero que me vino a la mente cuando salió a la luz la noticia de sus plagios fue el título de una película de Woody Allen: Robó, huyó y lo pescaron (Take the Money and run).  
Segundo, porque esto ha removido algunos recuerdos de juventud, Allá lejos y hace tiempo (este es el título de una obra de Guillermo Hudson), cuando, en las pasantías de periodismo los alumnos veíamos cómo algunos profesores utilizaban como suyos nuestros escritos —o parte de ellos— en las páginas de opinión de diarios de gran circulación. Era el derecho de piso que debíamos pagar.
Me parece muy bien, muy loable que el señor Acuña haya expresado sus disculpas a docentes y alumnos. Pero —seamos sinceros— si con fraudes nos quitan nuestro automóvil o nuestra casa, ¿estaremos resarcidos con una disculpa?
En tercer lugar, porque el descaro de este señor parece no tener límites… y eso me enoja mucho. Mientras se hace el inocente, y pide disculpas, pretende justificarse comparándose nada menos que con Martin Luther King, el pastor evangelista de la paz que tuvo el mal tino de plagiar a “los autores” de la Biblia en sus discursos y sermones. Esto es más o menos lo mismo que acusar a los cardenales católicos de repetir las palabras de los Padres de su Iglesia. No me sorprenderá que la próxima semana el señor Acuña prepare otro spot comparándose con el papa Francisco, y endilgándole que “se copió” de Mateo, de Juan o de Juan Pablo II.
En el anuncio de Acuña que ya ha dado la vuelta al mundo, dice: «Plagiar es grave, pero la vida de un ser humano no se reduce a eso». Y yo le respondo: ¡Gracias a Dios! No quiero imaginar que nuestra vida se redujera a la práctica indiscriminada del “acuñismo” que involucra la cleptomanía y el fraude. Y, como broche de oro, aparece en el spot la siguiente frase: «Martin Luther King sigue siendo uno de los mayores íconos de la lucha por la igualdad y los derechos humanos». Esto no es noticia para mí. Sí lo sería que, para hacerme salir de ignorante, alguien me mostrara cuál es esa lucha del señor Acuña por la que hoy podríamos llamarlo “mártir”. Cuando vea las pruebas, podré determinar si estos dos hombres pueden compartir el podio. Mientras tanto, veo a Acuña intentando lucirse por las ciudades del Perú y lo único que se me ocurre es otro dicho popular: «El que nació para pito nunca llega a ser corneta».
Para terminar, tengo una curiosidad: ¿Se habrá pedido permiso a los herederos del Premio Nobel para utilizar su imagen en una campaña política, o este es otro “descuido” de Acuña?

Por Zulema Aimar Caballero
zulebm@hotmail.com

21 nov 2015

Viva la humanidad

Parece que no solo se puso de moda sino que está socialmente aceptado ser despreciable. Nos comportamos peor que animales salvajes y nos aplaudimos. Realmente, hemos llegado al sumun de la imbecilidad.
Cada vez en más regiones se está adoptando la costumbre de castigar a latigazos a los delincuentes; método reconocido como lícito y que suele practicarse en medio de las risas y burlas de espectadores. Nos erigimos en jueces y actuamos como orgullosos verdugos disfrazando de licitud un acto inmoral. Y tratamos de convencernos de que eso está bien. Y está bien… Mañana me molestará que el conductor que está delante de mí no maneje como a mí me gustaría, entonces pondré primera y le pasaré el auto por encima. Me molestarán los niños que piden limosna en la calle, los tomaré de la mano y les prenderé fuego. Me molestará una infidelidad y le cortaré el cuello, o lo que se me ocurra, a quien fue infiel.
¿En qué clase de animales nos hemos convertido? Ni en la más espesa selva, las especies viven de esta manera. ¡Dios nos libre de nuestra raza humana! Cada vez más somos el producto de la involución social. Ni la crudeza de la Ley del talión se compara con esta modalidad de castigo que se puso de moda gracias a la creatividad morbosa de algunos y al cerebro de ameba de otros.
«En verdad les digo que, cuando lo hicieron con alguno de estos más pequeños, que son mis hermanos, lo hicieron conmigo», leemos en Mateo 25,40. Sumido en una tristeza palpable, hace unos días el papa Francisco hizo referencia a la tortura: «Es un pecado en contra de la humanidad y un delito de lesa humanidad». Dijo que «torturar a una persona es pecado mortal, es pecado grave. Pero es mucho más: es un pecado contra la humanidad».
Somos seres increíbles. Fundamos centros de protección para los animales, creamos leyes en defensa de las mascotas, nos horrorizamos si nos enteramos del maltrato a los individuos con cuatro patas; en nombre de la defensa de los derechos del animal, no podemos permitirnos darle ni siquiera una muerte digna a un perro rabioso, pero aplaudimos el maltrato entre seres humanos.
Sí, somos seres curiosos: nos espantamos cuando nos cuentan que en tal o cual lugar del mundo entrenan a los niños, desde edad muy temprana, en el uso de armas para que vivan como guerrilleros el resto de su vida; nos golpeamos el pecho y rasgamos las vestiduras cuando es noticia la muerte de una mujer apedreada en Indonesia. ¡Pero qué hipócritas somos! ¿Qué es lo que condenamos desde nuestra absurda moralina, si en realidad no nos importa nada?
La semana pasada nos pintamos los rostros con la bandera francesa. Todos fuimos Francia por un día; a todos nos corrió La Marsellesa por las venas. Nos conmovimos, condenamos la salvajada, el terror, el delito… ¿Y por casa, cómo andamos? Al final, ¿qué es lo que nos diferencia de esos animales? ¿Las armas, la “religión”, el grado de locura?
Somos la escoria del mundo. La raza más privilegiada, la única especie provista de alma… ¿¿de alma?? La única especie capaz de raciocinio, la única pensante… ¿¿pensante?? No nos engañemos. Ni pensamos ni sentimos ni toleramos ni amamos. Sí, definitivamente, somos la escoria del mundo.
Hemos llegado tan bajo en nuestra escala de valores, en nuestros principios, que el mismo energúmeno que hoy azota a latigazos a quien le robó una gallina es el que ayer abusó de una niña y mañana abusará de otra. Y nadie lo azotará. Y está bien que así sea… gallinas y niñas no tienen punto de comparación.
«Estos gringos creen que en el Perú vivimos como indígenas. No tienen idea… creen que todavía estamos con arcos y flechas». ¡Cómo nos indigna eso! Y, sin embargo, ¿con qué lo refutamos? No podemos culpar a los gringos por estar bien informados.
Me han robado en Lima más de 20 veces. Han intentado robarme —sin conseguirlo— otras tantas. Me han golpeado para robarme, me empujaron, me arrojaron al suelo, me insultaron. Cuando pude, me defendí con la poca fuerza de mis puños y de mis pies. Sí, actué violentamente tratando de defenderme. Sin embargo, ni siquiera por temor comencé a salir armada. Y nunca se me ocurrió pensar en mi ladrón siendo torturado a latigazos para pagar por lo que me había hecho. Me siento satisfecha al preferir sentarme a llorar mi humana impotencia antes que convertirme en un monstruo lleno de odio. Mi condición humana es más humana. Mi condición humana es más humana —más racional— que la de estos especímenes, fenómenos, “animaloides” que representan la vergüenza, la bajeza, la idiotez, la denigración y la indignidad de nuestra humanidad.

Por Zulema Aimar Caballero
zulebm@hotmail.com