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Perdoname, estoy llorando
y en cada lágrima estás vos,
y porque no puedo hablarte
es que le pregunto a Dios:
¿Por qué todas las cosas
son un día y otro no?
¿Por qué ayer tuve algo
que ya no tengo hoy?
¿Por qué sonreímos de a una
y no sonreímos de a dos?
¿Por qué no tengo palabras
para hacerle comprender
que no la dejo de lado,
que no la dejé de querer?
¿Por qué se acaba el silencio
y empieza el llanto a crecer?
Yo sé, Señor, es seguro
que hay algo que no está bien.
No sé si es tristeza,
no sé si es soledad;
aunque tal vez no sea cierto
siento que todo se me va.
Y me trago las palabras,
y me lleno de dolor,
¿por qué no puedo gritarle
que por ella siento amor?
Sería tan lindo decirle:
“Si vos no estás nada soy”
mas no me atrevo, se reiría
y tendría razón,
tal vez no me escucharía,
no le llegaría mi voz.
Señor, Vos sabés que yo la quiero
entonces, ¿por qué no me ayudás?
Cuando más quiero ofrecerle
es cuando le fallo más;
me equivoco, pido disculpas
y me vuelvo a equivocar.
Y me da tanta bronca
que creo que tuve maldad,
que se me nubla la vista
y me muero por llorar.
Pero, Señor, no me des vueltas
con esa historia de la edad.
Igual que yo es una niña
y nos parecemos de verdad;
queremos compañía
y sufrimos soledad.
Se pone celosa, canta,
ríe y se enoja a la par;
igual que yo es una niña
a quien no puedo ayudar.
¡Ay, Señor, estoy desahogada,
hoy sí dormiré en paz!
Siento que está a mi lado
y que no me dejará;
porque yo la necesito
como necesito tu pan;
porque necesito que me hable
para no sentirme mal.
Pero, Señor, ayudame,
pues no sé improvisar;
¿Cómo haré para decirle
lo que siento a mi mamá? Por: Zulema Aimar Caballero zulebm@hotmail.com
("Los Reyes Magos", de Ariel Ramírez y Félix Luna, por Mercedes Sosa)
Antes de que Papá Noel se
apoderara de las chimeneas e invadiera las salas de todos los hogares del mundo
(de aquellos hogares en los que la disponibilidad económica permite a los
padres dejarlo entrar), por tradición y creencias religiosas en muchos lugares
del mundo quien llegaba para dejar sus regalos a los niños era el mismo Niño
Dios. Él renacía cada 25 de diciembre en el corazón de todos y, además de su
amor infinito, dejaba otros obsequios al pie del pesebre o del árbol navideño.
Pero la alegría de los niños por
abrir sus regalos no termina el día de Navidad, porque el 5 de enero por la
noche, montados en sus camellos y saltando por las estrellas, comienzan su
viaje los tres Reyes Magos –Melchor, Gaspar y Baltasar– para dejar sus presentes
en los zapatos de los chicos “que se portaron bien durante el año”.
Claro que hay regalos y regalos.
Hay de los pequeños y de los más grandes. Y esta historia que voy a relatar es
lo que vivió Ciro, un hombre que conocí hace tiempo y que me contó cómo llegó a
su fin, cuando tenía seis años, su ilusión de los Reyes Magos.
Ciro había pedido al Niño Dios
una bicicleta. Pero el día de Navidad, cuando corrió hasta el arbolito,
convencido de que Jesús, en su infinita bondad lo había escuchado, encontró un
yoyó y un auto de carrera.
Igualmente los regalos le
gustaron y disfrutó jugando con ellos, pero al acercarse el 6 de enero decidió
reiterar el pedido a los Reyes de Oriente, a quienes escribió una carta que
decía más o menos así:
“Queridos
Reyes Magos:
Mamá y papá dicen que muy mal no me porté este año. Yo sé que los hice
enojar varias veces, pero ellos dicen que soy un niño bueno. Ya le pedí al Niño
Dios que me trajera una bicicleta, pero parece que no pudo. Como Él nació en un
pesebre, tal vez no me la trajo porque es pobre. Pero ustedes nacieron en un
palacio y seguro que son millonarios, así que les pido que me la traigan. Yo sé
que ustedes pueden, porque el año pasado se la llevaron a mi amigo Pedro. Los
quiero mucho. Ciro”.
Ciro dejó su carta en una rama del
arbolito. Cada día al levantarse y cada noche antes de acostarse controlaba que
las líneas escritas con entusiastas errores de ortografía y letras gigantescas
estuvieran allí, esperando ser leídas por los Reyes Magos.
Y al llegar aquel 5 de enero, la
familia se reunió para cenar. La mamá de Ciro cocinó pato a la naranja, sus
abuelos llevaron turrones y helados y su tío Alberto se encargó de la bebida.
Compartieron la comida deliciosa y, a medianoche, brindaron recordando cómo
aquellos tres reyes buenos, guiados por una estrella, llegaron hasta el pesebre
para adorar al Hijo de Dios.
Luego salieron al jardín y
juntaron pasto para que los camellos encontraran alimento al entrar a la casa.
Ese es uno de los momentos más hermosos de la noche de Reyes. En los jardines y
a la luz de linternas, se ven sombras en movimiento y se oyen voces de niños y
adultos que se mezclan con el verde aroma de la ilusión.
En mi caso, ese fue siempre el instante
de observar junto a mis hijas el firmamento, tratando de adivinar qué estrellas
estarían pisando los camellos para llegar a la Tierra. Un momento –tal vez uno
de los pocos en el año– en que nos deteníamos a recapacitar viendo nuestra
pequeñez frente al resto de la Creación.
Pero este relato no se trata de
mi historia sino de la de Ciro. Junto al árbol de Navidad, colocó un balde con
el pasto recogido, y su mamá acercó otro con agua para los sedientos camellos.
Respetando la tradición de “poner los zapatos”, Ciro acomodó los suyos para que
los Reyes supieran dónde depositar el regalo.
Contento, nervioso y ansioso, el
niño se acostó en su cama. Sus padres rezaron con él y le dieron un hermoso
beso de buenas noches.
“¿Vendrán los Reyes?”, preguntó Ciro.
“Yo creo que sí”, respondió su
mamá. “Debes cerrar tus ojitos y dormir profundamente para que ellos entren a
la casa”.
“¿Y cómo entran?”, quiso saber
el niño.
“Ah, no sé. Nunca los vimos…
pero son magos. Ellos saben cómo hacerlo”.
La noche estaba muy calurosa.
Una noche de verano, final de un día de clima sofocante en la provincia de
Buenos Aires. Ciro quedó tendido en la cama con su liviano pijama de algodón,
cubriéndose solamente con una ligera sábana.
“Hasta mañana”, dijeron sus
padres –Haydée y Víctor.
“Hasta mañana”, respondió Ciro,
y cerró sus ojos a fin de encontrar el sueño profundo.
Como nada, ya eran las dos de la
mañana del 6 de enero. El cuarto de Ciro estaba en el segundo piso de una casa
de construcción moderna, y tenía un amplio ventanal por el que se salía al
balcón que daba al frente.
Luego de despedir a los abuelos
y al tío Alberto, los padres del niño se acostaron y, en silencio, esperaron
que Ciro se durmiera para cumplir con el rol de Reyes Magos.
“Yo vigilo cerca de la ventana
por si se despierta, mientras tanto vos subí a la terracita para bajar la
bicicleta”, dijo Haydée.
Cada uno asumió en ese instante
su responsabilidad: Melchor, Gaspar… faltaba Baltasar quien, a juzgar por lo
que sucedió esa noche, debió estar allí para colaborar. Claro, reyes hay tres,
pero padres sólo dos.
Sobre el techo de la habitación
de Ciro había una pequeña terraza, cuya construcción no había sido terminada,
razón por la cual no existía escalera alguna para acceder a ella. Pero Víctor,
en su afán de mantener viva la ilusión del día de Reyes, trepó por la reja del
ventanal para buscar la bicicleta que había ocultado por la tarde, sabiendo que
allí Ciro no podría encontrarla.
“Tengo todo fríamente
calculado”, le había dicho a Haydée. “Cuando yo suelte la cuerda, lo único que
tenés que hacer es guiar la bici para que no choque contra la pared o el vidrio
de la ventana”.
Así las cosas, Haydée se quedó
en el balcón, en silencio y haciendo de campana. Pero tanto cuchicheo
preliminar, sacó a Ciro de su profundo sueño y, en medio de la somnolencia,
pensó: “¡Los Reyes! ¡Están los Reyes!” Y en una mezcla de ansiedad, miedo a lo
desconocido y temor porque si lo veían despierto siguieran de largo, tironeó de
la sábana y se tapó hasta la cabeza, quedando totalmente calladito, inmóvil y
con los ojos fuertemente cerrados.
Mientras tanto, fuera de la
habitación, sus padres continuaban llevando a cabo su plan estratégico. Víctor
llegó a la terraza, tomó el rodado, ató una soga al caño del asiento y empezó a
bajarlo lentamente, con tanta mala suerte que el nudo se desató y la bicicleta
se estrelló con un golpe seco contra el piso del balcón.
Haydée quedó atónita observando,
negándose a creer lo que veían sus ojos, mientras, además, Víctor gritaba:
“¡Nooooooooo!”
En ese segundo, Ciro, con su
cabeza totalmente cubierta por la sábana y fuertemente aferrado a ella, pensó:
“Los Reyes me trajeron la bici” y, simultáneamente con ese pensamiento tan
optimista, otro grito de Víctor –esta vez “Aaaaaayyyyyyyyyyyyy”– se
escuchó en todo el vecindario, mientras se desplomaba desde la terraza hasta
caer sobre el preciado regalo.
Haydée corrió a ayudarlo,
olvidándose por completo de su tarea de campana y de las tradiciones navideñas
que los habían llevado hasta ahí. Aunque Víctor trataba de callar, el dolor en
sus huesos era insoportable, y tras el grito de la caída siguió una serie
interminable e irrepetible de insultos dirigidos a Melchor, Gaspar, Baltasar,
sus respectivas madres, los tres camellos, sus ridículas jorobas y la estrella
que los había guiado hasta el pesebre hacía casi dos mil años.
Por entonces, Ciro aún no
entendía lo que estaba ocurriendo, pero al oír claramente las voces de sus
padres, asomó la cabeza sobre la sábana y presenció un espectáculo desolador:
Víctor intentaba caminar arrastrando una pierna, colgado del hombro de Haydée y
pidiéndole que lo llevara a la guardia nocturna de la clínica.
Sin decir palabra, Haydée tomó
al niño y salieron en busca de un médico.
Regresaron cerca de las siete de
la mañana. Haydée con un terrible agotamiento físico, Víctor con una pierna y
el antebrazo derecho enyesados, Ciro con una bicicleta nueva pero totalmente
torcida y con el traumático descubrimiento de que los Reyes Magos no usaban
corona, no hacían magia, no llegaban en camello y además eran considerablemente
torpes.